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Mostrando entradas de febrero, 2026
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No puedo escribir sin sentir náuseas. De aquella cuna asomaba una criatura pequeña, deforme y sanguinolenta, tenía bracitos como raíces y piernas torcidas. La piel parecía de renacuajo. Su rostro era apenas una insinuación humana, aunque los ojos brillaban con inteligencia. Aquella cosa emitió un quejido agudo, un estertor. Se retorció sobre la cuna, exhaló un largo suspiro… y murió. Ella lo sacó de la cuna y lo abrazó. Lo meció como si fuera un bebé real, llenándolo de besos. Yo retrocedí, comprendiendo por fin. La fiebre. El cabello. Las uñas. La energía drenada. Me estaba consumiendo para reconstruir a su hijo. Salí de la casa tambaleándome. No miré atrás. Al día siguiente, ella ya no estaba. La casa, vacía. Sin muebles . Sin gatos. Como si nunca hubiera existido. Nunca más la volví a ver. La casa sigue permaneciendo vacía, aunque de vez en cuando creo escuchar esos gritos de dolor, de pérdida. Yo pensaba que me hacía brujería para retenerme a mí; en cambio, ella solo querí...
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Al día siguiente desperté destrozado. Apenas podía moverme. Tenía fiebre y la garganta seca. Llamé a mi jefe y le dije que no podía ir a trabajar. Luego me desmayé sobre mi cama. Esa misma tarde ella vino con una sopa, me acomodó la almohada, me tomó la temperatura y me acarició con una delicadeza casi maternal. —Es solo gripe —dijo—. Yo te voy a cuidar. Pero los días pasaron y yo no mejoraba. La fiebre no se iba. Apenas tenía fuerzas para levantarme e ir al baño. Ella, con la excusa de cuidarme, se había instalado en mi casa. No sé cuántos días pasaron. Mi jefe me llamaba, pero yo no podía responderle. Luego mi celular simplemente desapareció. Estaba incomunicado. Ya no podía salir de mi propia casa. Un mediodía ella salió a hacer un mandado. Entonces aproveché. Como pude, juntando fuerzas de donde nunca supe, me levanté y me dirigí hacia su casa. Sabía que todo estaba relacionado con esa caja que había visto aquella noche. No sé cómo, pero algo en esa caja contenía el secreto de mi e...
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Me acosté con mi vecina de 82 años...  fue la noche más alucinante de mi vida. Les voy a confesar algo: me sentía muy solo en el Día de San Valentín, así que acepté salir con mi vecina, cincuenta años más grande que yo. O sea: yo, 32 años; mi vecina, 82. Y fue la noche más increíble de mi vida. Para empezar, ella siempre quiso algo conmigo. Siempre me preparaba comida, me regalaba ropa, estaba dispuesta a ayudarme o hacerme los mandados. Era una de esas mujeres solteronas con muchos gatos en la casa. Quizás en su juventud había sido bonita, pero nada de aquella belleza había quedado en su actual rostro. Muy envejecido, muy castigado por los años y el sufrimiento. Porque ella —lo sé— sufrió mucho en la vida. Perdió a un hijo y luego su marido sufrió un accidente en una plataforma petrolera que la dejó viuda a los 23 años. Desde entonces, nunca más se casó ni volvió a tener pareja estable. Aquella noche, cenamos a la luz de las velas en su comedor. Ella estaba locuaz y tenía un ...