Al día siguiente desperté destrozado. Apenas podía moverme. Tenía fiebre y la garganta seca. Llamé a mi jefe y le dije que no podía ir a trabajar. Luego me desmayé sobre mi cama.
Esa misma tarde ella vino con una sopa, me acomodó la almohada, me tomó la temperatura y me acarició con una delicadeza casi maternal.
—Es solo gripe —dijo—. Yo te voy a cuidar.
Pero los días pasaron y yo no mejoraba. La fiebre no se iba. Apenas tenía fuerzas para levantarme e ir al baño. Ella, con la excusa de cuidarme, se había instalado en mi casa.
No sé cuántos días pasaron. Mi jefe me llamaba, pero yo no podía responderle. Luego mi celular simplemente desapareció. Estaba incomunicado. Ya no podía salir de mi propia casa.
Un mediodía ella salió a hacer un mandado. Entonces aproveché. Como pude, juntando fuerzas de donde nunca supe, me levanté y me dirigí hacia su casa. Sabía que todo estaba relacionado con esa caja que había visto aquella noche. No sé cómo, pero algo en esa caja contenía el secreto de mi enfermedad.
Entré muy fácil: la puerta no tenía llave. Busqué la caja, pero el estante estaba vacío. Seguí buscando por toda la casa. Había un cuarto que de ninguna manera pude abrir. Pero al lado había otro más pequeño, con un olor agrio y húmedo. En el centro de la habitación, rodeada de centenares de velas, estaba aquella caja.
Me agaché y la abrí. Dentro vi montones de mechones de cabello, uñas cortadas y una foto mía unida con hilos a la foto de otro chico que en un principio no reconocí, pero luego recordé que era el hijo muerto de la mujer, ya que ella tenía varias fotos en su living.
Retrocedí un poco. El corazón me latía con violencia. Decidí que tenía que terminar con todo aquello. Sabía que me había hecho algún tipo de brujería; por eso estaba tan enfermo. Recogí la caja y, como pude, trastabillando, la llevé hasta la cocina. La metí en el horno y encendí el fuego. Las llamas comenzaron a lamer la madera.
Entonces la puerta se abrió de un golpe.
—¡No! —gritó ella.
Se abalanzó sobre el horno, pero ya era tarde. La tapa se había ennegrecido; los papeles, los cabellos y las uñas ardían.
—¡Lo has matado! —sollozaba—. ¡Lo has matado otra vez!
Desde algún lugar de la casa se escuchó un grito. La mujer corrió. Venía desde el cuarto cerrado. Lo abrió y yo la seguí.
Dentro, había un cuarto de niños. Juguetes por todos lados. Paredes pintadas con colores infantiles. Había una cuna y dentro…

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