Me acosté con mi vecina de 82 años... 

fue la noche más alucinante de mi vida.




Les voy a confesar algo: me sentía muy solo en el Día de San Valentín, así que acepté salir con mi vecina, cincuenta años más grande que yo. O sea: yo, 32 años; mi vecina, 82. Y fue la noche más increíble de mi vida.

Para empezar, ella siempre quiso algo conmigo. Siempre me preparaba comida, me regalaba ropa, estaba dispuesta a ayudarme o hacerme los mandados. Era una de esas mujeres solteronas con muchos gatos en la casa. Quizás en su juventud había sido bonita, pero nada de aquella belleza había quedado en su actual rostro. Muy envejecido, muy castigado por los años y el sufrimiento.

Porque ella —lo sé— sufrió mucho en la vida. Perdió a un hijo y luego su marido sufrió un accidente en una plataforma petrolera que la dejó viuda a los 23 años. Desde entonces, nunca más se casó ni volvió a tener pareja estable.

Aquella noche, cenamos a la luz de las velas en su comedor. Ella estaba locuaz y tenía un brillo extraño en los ojos. A cada rato me rozaba la mano o el hombro con la excusa de agarrar una servilleta o una copa de champan. Olía a perfume de lavanda y otra cosa que no pude identificar, pero que me hizo acordar al talco de bebés.

En un momento de la cena, alcé la mirada y noté una caja.

Estaba sobre un estante alto, de madera oscura, pulida. No era grande, pero tenía algo extraño. Tallados en la tapa había símbolos que no reconocí.

—¿Qué es eso? —le pregunté, señalándola.

—Ah eso... no te hagas problema. Son solo recuerdos, cosas que ya pasaron —dijo ella con una mirada esquiva.

Intenté insistir, pero respondió con más evasivas. Luego sirvió más champaña. Después me acarició el brazo, luego la cara. Me olvidé de la caja de madera. Se acercó hacia mí y me besó. Sus carnes estaban blandas, pero tibias. Sus dientes no se sentían postizos. Su lengua era hábil y maliciosa.

Esa noche el amor no tuvo edad. Nunca pensé que la pasaría tan bien con una mujer de 82 años. Fue agotadora, enérgica. Me drenó por completo. Me dormí profundamente.

Cuando desperté, comenzó la pesadilla...