No puedo escribir sin sentir náuseas. De aquella cuna asomaba una criatura pequeña, deforme y sanguinolenta, tenía bracitos como raíces y piernas torcidas. La piel parecía de renacuajo. Su rostro era apenas una insinuación humana, aunque los ojos brillaban con inteligencia. Aquella cosa emitió un quejido agudo, un estertor. Se retorció sobre la cuna, exhaló un largo suspiro… y murió. Ella lo sacó de la cuna y lo abrazó. Lo meció como si fuera un bebé real, llenándolo de besos. Yo retrocedí, comprendiendo por fin. La fiebre. El cabello. Las uñas. La energía drenada. Me estaba consumiendo para reconstruir a su hijo. Salí de la casa tambaleándome. No miré atrás. Al día siguiente, ella ya no estaba. La casa, vacía. Sin muebles . Sin gatos. Como si nunca hubiera existido. Nunca más la volví a ver. La casa sigue permaneciendo vacía, aunque de vez en cuando creo escuchar esos gritos de dolor, de pérdida. Yo pensaba que me hacía brujería para retenerme a mí; en cambio, ella solo querí...