Han pasado diez años. Sol ya es una mujer adulta, casada y con dos hijos. Su padre sigue preso, y ella desea que permanezca encerrado por el resto de su vida.

Sin embargo, cada noche sueña con él. Y con Roberta. En sus sueños, su padre se desnuda frente a Sol y comienza a cortarse la piel del pecho y el estómago. Luego se acerca a Roberta y le clava un cuchillo mientras, con los labios, absorbe su sangre. Silba. Silba mientras la chica se debate desesperada bajo su cuerpo. Silba una melodía que a Sol le resulta conocida, aunque no logra identificar.

Sabe que la policía investigó a fondo. Sabe que no encontraron más crímenes que el de Roberta. Su padre la había seguido durante una semana en su trayecto a la universidad. La espió, estudió sus movimientos. La conocía porque todos los fines de semana ella iba al cementerio a visitar a su hermano fallecido. Al parecer, él se obsesionó con la joven. Tanto, que decidió secuestrarla, mantenerla cautiva en su sótano durante días, y finalmente asesinarla.

Pero Sol no puede aceptarlo. “Ese no es mi padre”, piensa siempre. “Algo tuvo que haberle pasado”.

Se despierta todas las noches pensando en eso, sudada y temblando de pies a cabeza.

Un día, por fin decide visitar la tumba de Roberta.