Los restos de la chica descansan en un mausoleo privado del cementerio de la ciudad.

Sol deposita unas flores y acaricia la foto en la lápida. Roberta era linda. Su mirada es serena, húmeda. Tenía veintitres años cuando la mataron.

—Lo siento —susurra Sol—. Siento haber llegado dos años tarde. Lo siento, Roberta. Siento lo que te hizo mi padre. Aunque no termino de entender…

Esa misma noche vuelve a soñar con Roberta. Esta vez la chica no está en el sótano. Está preocupada. Le señala un sendero.

—Vamos por allá —le dice.

—¿A dónde vamos? —pregunta Sol.

—Seguime. Y vas a entender.

Sol la sigue. Atraviesan un descampado y llegan a una calle de tierra. Sol reconoce el lugar al instante: es su barrio de infancia. El sueño es sorprendentemente nítido. Roberta la guía hasta su antigua casa y abre la puerta.

—Entrá —le dice, haciéndose a un lado.

Sol entra. La casa está abandonada, con paredes descascaradas y telarañas por todos lados. Pero al fondo del pasillo hay un sonido. Un silbido. Una melodía que le eriza la piel: la misma que su padre silbó en el sótano antes de matar a Roberta.

—¿Qué…?

—Tenés que ir, Sol. Tenés que llegar hasta allá para entender tu verdad.

Sol no quiere. Todo su cuerpo le grita que escape. Pero avanza igual. Las paredes se vuelven más húmedas y oscuras, el techo se descascara, caen pequeños escombros. Al final del pasillo hay una luz encendida. Es el baño. El silbido se vuelve más agudo. Sol siente las lágrimas empañarle la vista. Abre la puerta.

Su padre está allí, agachado frente a la bañera, silbando esa melodía horrorosa. Dentro de la bañera está Sol, pero la Sol de hace veinticinco años: la niña que juega con un patito de hule. La nena sonríe y chapotea en el agua. Su padre se inclina sobre ella y se desabrocha la camisa.

—¿Te gusta el agua, bebé? ¿Te gusta el patito que te compré? —le pregunta.

La niña dice que sí, aunque una sombra negra le cruza los ojos.

—Bueno, amor, entonces es hora de que me retribuyas. ¿Te acordás del juego secreto? Es momento de jugarlo otra vez…

Los ojos de la niña se nublan. Su mecanismo de defensa —negación, olvido— se activa, borrando de su mente la escena, al menos hasta la próxima vez…

Sol se despierta. Contiene un grito. La almohada está empapada. Corre al baño y vomita la cena.

“Veinticinco años”, piensa. “No le dieron cadena perpetua, sino veinticinco años. Puede salir a los sesenta”.

Se asegurará de que jamás salga...